Es increíble lo en forma que está Guy Ritchie. Este año se han estrenado las segundas temporadas de The Gentlemen y MobLand, Young Sherlock y la película In the Grey.
Young Sherlock, meh, pero es cierto que yo no soy fan de que saquen a los personajes de su época de referencia y construyan secuelas o precuelas con ello.
No le veo el sentido a ver un Wolverine decadente y con tripita en Logan, ni a adolescentes startrekeros… Con permiso de la película original Young Sherlock Holmes (1985). Pero las otras dos son seriazas. The Gentlemen es mucho más Guy Ritchie: realmente es el guionista y director, y está basada en su película, pero MobLand tiene su sello indiscutible.
Es curioso que Ritchie lleve treinta años contándonos la misma historia y siempre sea diferente. Básicamente, historias de gánsters o de gente que quiere serlo y que frecuentemente toma decisiones horribles. Con un estilo inconfundible.
En el capítulo 6 de la segunda temporada de The Gentlemen, Eddie y Bella tienen la típica discusión cotidiana sobre coger el Ferrari o el hidroavión para ir a Suiza (¿quién no la ha tenido alguna vez?). Eddie quiere coger el Ferrari, pero Bella dice que no caben las maletas. Eddie insiste diciendo que se llega antes en coche y que les envíen las maletas. Ante la falta de acuerdo, Bella propone una carrera: ella cogerá el hidroavión y él, el Ferrari. El giro de la serie en este punto es mítico, para bien o para mal.
Y ahí suena «Oh, Marie», de Louis Prima. Su familia era de inmigrantes italianos muy pobres y vivían en Tremé, Nueva Orleans. Por cierto, hay una serie muy valorada que se titula justo así.
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Louis se crio escuchando jazz y canciones del folclore italiano. Admiraba a Louis Armstrong y a King Oliver y, por supuesto, al creador del jazz: Jelly Roll Morton. O, al menos, así es como él se autodenominaba. Curiosamente, Morton creció a unas pocas manzanas de allí.
Jelly siempre estuvo en esa línea fina entre lo ilegal y lo legal. En una ocasión lo apuñalaron y hubo rumores de que fue porque no quiso pagar al syndicate, un grupo de gánsters que cobraban a los artistas por «protegerlos». Ya imagináis de quién.
Guy Ritchie, en realidad, bebe de una tradición que, curiosamente, lleva una vida paralela a los orígenes del jazz.
Hollywood recibió grandes críticas por popularizar la figura del gánster carismático. Es cierto que no lo inventó: personajes como Al Capone —Scarface— habían hecho un trabajo enorme para blanquear su imagen y parecer héroes ante la opinión pública, pero Hollywood los popularizó y les dio un tremendo carisma. Ni siquiera sucesos como el San Valentín sangriento de febrero de 1929, en el que ametrallaron a siete hombres y ni siquiera estaba el que buscaban, acabaron con esa fascinación. Siempre admiramos a los gánsters.
Hay una comedia mítica de Billy Wilder, con Tony Curtis, Jack Lemmon y Marilyn Monroe, que toma como punto de partida justo ese suceso: Some Like It Hot —Con faldas y a lo loco—. En la primera edición de este artículo no estaba esta película porque no había relacionado el principio, pero alguien ha tenido el detalle de recordármelo.
Además de esta obra maestra, hay otras tres películas «conocidas» que hacen referencia a un San Valentín sangriento: The St. Valentine’s Day Massacre (1967), de Roger Corman, que cuenta los sucesos de Chicago; My Bloody Valentine (1981), una película de terror de serie B en la que un asesino vestido de minero hace estragos; y su remake, My Bloody Valentine 3D (2009). Estas dos últimas no tienen relación con la matanza. Si la de 1981 es incalificable, su versión en 3D de 2009 me deja sin palabras.
Entre las primeras películas de gánsters estuvieron The Public Enemy, Scarface y Little Caesar, pero la lista es interminable. The Godfather está considerada una de las mejores películas de la historia, y Brian De Palma hizo una reinterpretación de Scarface, con Al Pacino, que está súper bien valorada. Como digo, la lista es interminable. Da igual que sepamos que son delincuentes: si tienen los mejores diálogos, los mejores coches y no existen reglas para ellos, los vamos a admirar. Y Guy Ritchie le ha dado una vuelta genial a esta idea.
Como decía, Jelly Roll Morton se movía en esa fina línea del buscavidas… y se consideraba el creador del jazz. La modestia no era lo suyo. Llevaba incluso un diamante incrustado en un diente. Guy Ritchie tampoco habría tenido que esforzarse demasiado con el vestuario.
Había empezado tocando el piano en los burdeles de Nueva Orleans, pero reducirlo a un personaje pintoresco sería bastante injusto. Morton fue uno de los grandes compositores y arreglistas de los primeros tiempos del jazz. Detrás del tipo que presumía de haberlo inventado todo había un músico que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Jelly Roll Morton al piano · Escuchar en YouTube ↗
Una de las ideas que defendía Jelly era el «Spanish tinge», el toque español: la influencia de la habanera y otros ritmos afrocaribeños en el jazz.
Una escucha para acompañar el «Spanish tinge» · Escuchar en YouTube ↗
Lo triste es que, mientras el jazz seguía creciendo, él se fue quedando atrás. Su discográfica lo dejó en 1930 y, a finales de aquella década, su época de éxito parecía muy lejana. Murió en 1941, justo cuando empezaba a recuperarse el interés por la música de los pioneros de Nueva Orleans.
Pero antes tuvo una última oportunidad de contar su versión. En 1938, Alan Lomax lo grabó para la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Sentado al piano, Jelly pasó más de nueve horas, repartidas en varias sesiones, tocando, cantando y hablando de música. Él quería dejar claro su lugar en la historia; Lomax quería conservar aquel mundo que Morton llevaba en la cabeza. Por una vez, las dos ambiciones encajaron perfectamente.
Un pianista de burdeles, un diamante en un diente y un hombre empeñado en que nadie le quitara el papel protagonista. Ritchie haría una gran película con esa historia.

















